LOS HILOS INVISIBLES DEL ALMA

Hay refugios que no se ven.
Están hechos de latidos,
de la respiración lenta que acontece cuando ya no hay que demostrar nada.
Están tejidos con hilos invisibles:la música que sólo vos escuchás,
el rincón de la casa donde cae la luz como si te nombrara,
el olor a pan cuando el alma tiene hambre de infancia.
Es ese instante
en que te permitís no ser fuerte.
Te desarmás un poco,
dejás caer las máscaras sobre el suelo tibio de lo verdadero,
y te hablás bajito,
como si fueras niña otra vez,
y alguien -no sabés quién, pero alguien bueno-
te respondiera desde adentro:
“Estoy acá. No pasa nada. Quedate.”

A veces,
es simplemente el acto de no huir.
De quedarte.
De habitarte.
De no pedirte nada.
De descansar en vos.
Porque a fin de cuentas,
nadie puede salvarnos del mundo
como lo hace esa parte nuestra
que aún cree
que la ternura también es fuerza,
y que lo más valiente,muchas veces,
es saber cuándo volver a casa.