Reseña a Horizonte de sucesos, de Mariana Bolzán. Por Matías González.

Horizonte de sucesos, Mariana Bolzán, 2026, Editorial de Entre Ríos.   

Por Matías González  

 Ha de ser el mundial, o la andropausia, pero desde hace semanas no me podía terminar ningún libro. Le apunté a este, que venía con galardón, y rompí la racha.  

Cháchara de presentaciones: Un modo de resguardar el prestigio de un premio es darlo por desierto. Recurso poco usado: prudencia de los jurados, supongo, de incurrir en antipatía gremial –o directo temor de que Nelson Castro les diagnostique hybris. La otra forma, más feliz, es otorgarlo a una obra de mérito y esta fue sin duda la convicción íntima de un tribunal –Van Bredam, Krimer, Romero– con doble ciudadanía, la entrerriana (al premio Fray Mocho lo anima un orgulloso sentido jurisdiccional) y la del orbe, sin más, de las letras. En cuanto a la edición, muy presentable. Se atavía de un azul Francia con vetas verdosas y un relumbre amarillo que refresca la temporada otoñal. El director de la Editorial de Entre Ríos cierra el espaldar de contratapa con botones de fino sastre crítico (¡No siempre se deshonra en este país el decimosexto artículo de la Constitución!)

M, protagonista y narradora, cursa sus tempranos treinta. Nos consta que escribe, frecuenta buena poesía y tiene obligaciones con un diario y una universidad. La imaginamos bella, por cierta gravitación inhibitoria sobre el resto de los personajes. Vagos y esquivos tíos arreglaron vender la casa de campo de los abuelos, solar de su infancia. Y ahora M regresa a airear baúles y a frotar los hongos, los sedimentos vivos de una historia familiar que se remonta hasta al Volga y desemboca en un arroyo por la zona de Diamante.

Hacia atrás cobra centro la tragedia de “el gurí muerto”, hijo de una tía soltera; en el presente importan las tensiones del reencuentro con los hermanos Giménez, Santiago y el Vivi, hijos del casero y cómplices de las primeras travesuras. Voy por parte.

“El gurí muerto”:

Conocemos esa activación narrativa que centra la pregunta de Vargas Llosa: “en qué momento se había jodido el Perú (y “Perú” vale por familia o cualquier vida que, como propuso Fitzgerald, es un proceso de demolición). Bien. Las familias felices no existen o no interesan porque, como ya se ha dicho, son todas iguales. Entre las infelices hay dos subtipos, las que no saben bien cómo ni cuándo se jodió todo –y alargan o acortan las sondas culpabilizantes– y las  que, marcadas por una tragedia bien puntual, se preguntan hasta cuándo y cómo va a seguir jodiendo. Esa es la pregunta por el horizonte de suceso.

Un primo de siete años ha desaparecido en las profundidades, tal vez subterráneas, de un arroyo. Hacia adentro, ni los buzos policiales hallan el pequeño cuerpo. En ese tiempo detenido, insuperable, se irá ahogando también la madre, lastrada de dolor y locura. Si repechamos la corriente de la historia tenemos la vaga edad de oro –lucha y sacrificio incluido– de los inmigrantes; por delante, la colocación de identidad de M, sus posibilidades de expansión.

Hipótesis: Si en “La novela familiar del neurótico” [1908] Freud postuló que los gurises de Viena fantaseaban sustituir a sus padres con terratenientes (“y para ello se aprovechaban encuentros casuales con vivencias efectivas”), a la gurisada de por acá, privilegiada o medio a salvo, por lo menos, de la piojera general, le encaja mejor el síndrome del impostor, el síndrome del hijo de remplazo o la culpa del sobreviviente.   

Los Giménez:

Para comentar la relación de M y los hermanos Giménez traigo dos acompañantes ilustres, de los que Bolzán es condigna. En el “Evangelio según San Marcos” (1970) Borges presenta la convivencia de Espinosa, un joven universitario, con una familia de peones analfabetos, los Gutres. De puro aburrido, Espinosa les lee cada noche el evangelio en cuestión. La veneración se pone espesa y, sobre el final, los Gutres crucifican a Espinosa. El otro es “Bajo la luna, sobre la tierra, bajo la noche” (1974), de Diego Angelino (que le había gustado mucho a Victoria Ocampo). Ahí la hacendada llora la muerte de su marido y lo entierra cerca del casco. La familia de arrendatarios que la acompaña emprende una maniobra sucesoria: la embriagan de a traguito y le meten a su muchachón en la cama. La viuda se deja invadir, indolente, pero, a poco, el joven galán muere en una gresca; cuando los padres pretendan inhumarlo junto al propietario, la doña sale de la fosa, máuser en mano (como Chuck Norris sale del agua en Missing in action) y traza el límite. Fin. A su modo, ambos cuentos afrontan de lleno la cuestión de clase. Borges tensa el malentendido, lo carga sobre la letra, molécula del diferencial simbólico, y lo lleva hasta un final apoteósico –de ese choque quiere nacer un dios. Angelino, por su parte, remarca los cimientos primarios de la violencia fisiócrata: el fusil y la tierra.

Si, al tuntún de esas referencias, echamos un rápido vistazo sobre Horizonte… podríamos maliciar un pincel macrista, me refiero a esa corriente pictórica de mediados de la década pasada, deudora del arte naif, que alentaba la ruptura de la perspectiva histórica, apreciaba el sfumato sobre la demarcación de clase y prefería la representación grupal de la “gente”, un colectivo  orgánico e inocentón (Prende y Apaga, de Sergio Lapegüe, sería su obra conceptual más representativa). En Horizonte los empleados rurales parecen emitir una luz íntegra y diligente, como afelpados por una antiquísima tradición pastoril. Por lo demás, ciertas compensaciones han terminado por equilibrar todo. Con el asunto de la venta de la casa los Giménez no quedarán desahuciados porque a su tiempo el abuelo de M les ha legado una propiedad. Por su parte, M ha pagado esa comisión que pueden arrastrar ciertas conversiones de capitales: “En el futuro estudiamos, somos léidos, pero no tenemos casa. Nada propio”. (75). Ahora bien, a poco que miramos mejor, Bolzán nos invita a recalcular ángulos más finamente (la forma de apoyar un vaso delata un amor) y entonces, bajo un cromatismo social silenciado, encontramos vibración, profundidad y riqueza tonal. “Una tela de araña, una baba del diablo” entreteje los componentes del cuadro.

Un cruce interesante para pensar género y clase está en los efectos de sentido que produce la vinculación de M y los hermanos. Algo que funciona en Bolzán y también funciona en La Concordia (2021), de Carolina Sborovski, por arrimar un ejemplo zonal. Ahí la hija de un hacendado que estudia en Buenos Aires se lleva su novio porteño hasta su campo correntino, pero en la cabina de una camioneta sella una vieja simpatía con un trabajador rural. No se trata de un recurrencia efectista al tópico de la Constanza de Lawrence y su guardabosque (El amante de Lady Chatterley): hay una nueva perspectiva y un nuevo campo de juego. Y ahí donde un hacendado y una pastora hubieran connotado un chantaje social abusivo, la inversión del género promueve un efecto conciliador o, cuanto menos, esa brisa de las escenas frescas que peinan a contrapelo nuestro pasto litoraleño. La literatura argentina empezó con la intrusión del citadino, del letrado, en los territorios de la ruralidad analfabeta. Empezó con una violación, como famosamente señaló David Viñas. La incursión de la letrada, la citadina, parece depararnos una erótica más saludable, y más caliente.

Prosa:

Hablemos por fin del tabú de la prosa. A los tartamudos, se sabe, los respalda un linaje de fuertes reivindicaciones orales. Moisés, nada menos, que “tardo en el habla y torpe de lengua”, será el primero en dialogar con Dios “cara a cara” (Éxodo 33:11). Y Cervantes, que “aunque tartamudo” (véase el prólogo de sus Novelas Ejemplares) reserva su pico para el alto fin de decir verdades. En una luminosa boutade crítica, Alan Pauls propone que la escritura de Borges, su espléndida marcha de lujo, es la contrapartida o venganza de una dicción social dubitativa y tropezadora. En fin. A esa encumbrada constelación le quiero engarzar esta última, feliz desfachatez de Bolzán, que enmienda al personaje del tartamudo por la senda del cunnilingus, donde el titubeo es moción de progreso.

En la vecindad de esas páginas se describe una fellatio: tres renglones que sería una pena transcribir fuera del contexto, y que integrarían sin duda una antología universal que comenzaría con Arquíloco (ver fragmento 42). Esta clase de ejemplos se imprimen fácilmente sobre el fondo del pensamiento humano –sexual, según lo entendía Schopenhauer. También resultan adecuados para figurar la fruición palatal de la buena prosa. Me refiero a ese goce casi físico que sabe deparar el verso, pero que bien dosificado también puede extenderse sobre el largo renglón de la página. En fin. Algún simpatizante de la cerveza con poco peso en boca y de las prosas ligeras podría recelar en Bolzán una pizca de envaramiento o autoconciencia del deber de decir bien. Birra y prosa han de ser buena en su tipo y en su propósito. (Me inclino hacia las más cremosas –una pinta de Muzzio, de Becerra o de Matilde Sánchez, por nombrar al voleo–, pero también me puede la ligereza sin espuma de Leila Guerriero). Por lo demás, describir la oralidad sexual con sensualidad verbal es un modo de conectar la sublimación y lo sublimado, de amasar así, más que una prosa de pan (“… la prosa es el pan, redondeado de tan cierto.” [13]), una prosa de carne.

Pd: Doris Sommer leyó las novelas del siglo XIX latinoamericano en clave de deseo erótico y proyectos de Estado Nación. La fusión de amantes simbolizaría nuevas alianzas entre distintos sectores. Es una de las claves que aplico en un estudio en preparación (Entre Ríos, tierra de tríos) donde, puedo preverlo, Horizonte tendrá un lugar preponderante.

Pd2: Me releo y noto mezquino de halagos, ingrato, por momentos, del gusto que me suministró la lectura. ¿Una reacción, tal vez, contra la polución emoticona? Confío en que la misma atención intensa, trasluzca el homenaje.   

Pd3: Esto no es una reseña. Está más cerca de ser una pipa.